Corriendo junto al viento
Abril 22, 2009
No sabía muy bien dónde estaba. Lo único que lograba recordar es que habíamos llegado por medio de un auto de un amigo a un lugar donde reinaban los idiotas. Recordé, además, salir de mi casa y subir a ese coche. Me senté al lado del conductor y nos repartimos los saludos.
Con algo de frío logré distinguir la cara de unos de mis mejores amigos. De seguro que en ese momento se preguntaba lo mismo que yo: ¿Por qué las luces se perdían a una gran velocidad? ¿Por qué el viento nos chocaba tan fuerte en la cara y nos secaba los labios?.
En esa ruta han muerto cientos de tipos como nosotros. Todos se largan de noche, especialmente en los fin de semana. En ese momento, no logramos comprender tal cosa, simplemente avanzábamos junto al viento, estábamos en una nube y nos gustaba.
De un segundo a otro, di un salto y comprendí todo. El velocímetro del auto estaba rondando los 160 km/h y daba la impresión de que iba por más. El conductor, no le quitaba la vista a la pista. Durante ese tiempo, él fue libre, completamente libre y valiente contra los miedos.
No gritamos ni nos desesperamos. Miré al que tenía a mi lado y eso bastó como una despedida. En cualquier segundo los ojos se nos cerrarían de golpe y todos nos iríamos a la mierda. Imaginé volar por los aires mientras los trozos de vidrio seguían mi cuerpo inerte. Pensé tantas cosas.
Pero paró. No sé cómo pero se detuvo de milagro. Todo volvió a la normalidad: los pensamientos, los sentidos, el corazón y la vida. Por fin pudimos captar a cabalidad los detalles de las luces, de la pista y de la situación en sí. Estábamos vivos, aunque en ningún momento lo comprendimos.
Al final, el que tenía al lado me dice, “hueón, estuvimos a punto de matarnos”. Y le respondí, “sí, sí lo sé, trata de no recordármelo muy seguido”.
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